El placer de escribir. Por primera vez. El miedo a escribir. También por primera vez. Así, inmediatamente, sin tiempo apenas para olvidar o proyectar sensaciones. Sin recursos para amortiguar el impacto de la comparación: placer y miedo, frente a frente, separados tan solo -y ni siquiera de eso estoy seguro- por una línea en blanco, por esa cremallera de silencios y sobreentedidos que conduce de un párrafo a otro, de una página a la siguiente, del capítulo anterior a uno nuevo.
La escritura y el miedo, por primera vez. Un mundo desconocido, una lengua extraña. No se trata en esta ocasión de encontrar las palabras. Se trata, en realidad, de saber si hay palabras.