jueves, 22 de octubre de 2015

No te engañes

   Nunca. No merece la pena. Si te dejas llevar, acabarás pagándolo carísimo. Nunca te engañes. Jamás te dejes seducir por el discurso fácil de quien simplemente saluda. Y recuerda, además, que el desdén también sabe dar enhorabuenas.

viernes, 16 de octubre de 2015

El día

   Hoy es el día. No sé si hoy exactamente. Tal vez. Pudiera ser. Pero no pretendo ofrecer un dato. Pienso más bien en una sensación. Y sí: hoy es el día. Hace ahora un año estaba escribiendo, dando vueltas por ese laberinto informe en el que serpenteaba como pez en agua turbia. Hace un año. Más o menos. Es ya demasiado tarde para enmendar nada. Se acabó. Hoy es el día. Me temo. 
   Un buen amigo ha escrito hace un rato: "Convencido de que será incluso mejor de lo que me imagino". Cuánto miedo difuso. Qué sensación tan extraña: saber que alguien (un amigo, para colmo) espera algo bueno de ti. Qué terriblemente halagador. Ojalá pudiera empezar a escribir de nuevo. 

martes, 29 de septiembre de 2015

Un mundo feliz

Aunque no me gusta explayarme, ante una pregunta tan clara y directa ("¿eres feliz?") acabé respondiendo dos veces. Llevo días intentando comprender por qué.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Un abrazo a tiempo


En su intento de esquivar el acoso de los demás, el pequeñín tropezó con Claudia y acabó abrazándose con fuerza a sus piernas. Seguramente buscaba a su madre y encontró a Claudia. Las dos llevaban un abrigo rojo. Seguramente Claudia buscaba un abrazo y encontró a ese niño que reclamaba protección. Una de las madres rió. Quizá Claudia llegó incluso a sonreír. Estaba de espaldas. Un par de minutos después seguía exactamente en el mismo lugar, varada en mar abierto, y decidí que definitivamente era su dolor y ahora yo solo podía calmar el mío.

lunes, 27 de julio de 2015

La tozudez y el cansancio

   Escribir es un ejercicio de paciencia, de dosificación de fuerzas, de tenacidad. Eso creía. Con los años he comprobado que escribir, además de todo ello, es una demostración cotidiana de tozudez, de terquedad. Si quieres publicar, debes ser terco. Testarudo, obstinado, pugnaz. Con frecuencia hay que armarse de fe para seguir insistiendo. Porque la realidad te derrumba, te carcome lentamente, con una eficacia tan demoledora que casi prefieres olvidarlo todo de inmediato. Por fortuna a veces ocurre algo extraño en tu interior: mientras saboreas en silencio la derrota, urdes ya la venganza, la reacción inmediata, la estrategia con la que desafiar al cansancio y a la lógica.
   Escribir es un ejercicio de obstinación insensata. Particularmente en esa fase en la que ya no tienes nada que escribir (o eso crees), pero la tarea de la escritura se enfrenta a su momento decisivo: saber si alguien quiere publicar tu historia. Si entonces te fallan la testarudez y el empecinamiento, acabarás claudicando como tantos y tantos otros. Claudicar, sucumbir, aceptar el fracaso. Eso es lo que puede acabar ocurriendo si te resignas a ser ponderado y juicioso. 
   Quedas avisado.   

sábado, 25 de julio de 2015

Correo tras el café en el Comercial

  "(...) Aprovecho para contarte algo importante. Me pillas delante del ordenador, revisando el texto. Intento ver dónde encajar algunas de tus sugerencias. Imposible. No por cabezonería, ni por orgullo, ni por pereza. Es que ya estoy fuera de la historia. Terminé de escribir hace seis meses. Desde entonces he leído varias veces, he corregido erratas y he modificado trazos menores, pero ahora me siento ya incapaz de afrontar otro tipo de cambios. La historia ya no es mía. Se me ha ido. Para bien y para mal".

miércoles, 22 de julio de 2015

Impotencia verbal

Después de escribir "extraordinaria", "inteligente", "sensible", "generosa" y "alegre" (además de algún otro término que solo ella podía descifrar), anotó: "Se me acaban los adjetivos y tú sigues".

viernes, 17 de julio de 2015

Síntomas

   Algo le habían contado, pero no hizo mucho caso. Cuentan tantas estupideces. El caso es que un buen día, en una fiesta de graduación de la Facultad, los encontró cuando se disponían a entrar en el Salón de Actos. 
   - ¿Qué tal estáis? -preguntó mientras intentaba hacerse a un lado para no molestar.
   Él no tuvo oportunidad de responder. Solo pudo bosquejar algo que parecía una sonrisa. Un conato de sonrisa, más bien. Ella se adelantó:
   - La convivencia, bien -dijo-, pero creo que ya no nos deseamos como antes.